Protrepsis, Año 15, Número 29 (noviembre 2025 - abril 2026). www.protrepsis.cucsh.udg.mx
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ISSN: 2007-9273
Protrepsis, Año 15, Número 29 (noviembre 2025 - abril 2026) 03 - 05
Editorial
La noción de tiempo ha acompañado a la filosofía desde sus orígenes, como un trasfondo que deli-
mita la experiencia humana y a la vez desafía cualquier intento de explicación definitiva. A lo largo
de las épocas, su tratamiento ha oscilado entre la intuición metafísica, el análisis lógico, la reflexión
científica y la fenomenología de la existencia. Este amplio recorrido no solo muestra la riqueza del
concepto, sino también la manera en que cada época filosófica interpela al ser humano mientras el
devenir opera sobre el telón de fondo espacio temporal.
En la Grecia clásica, el tiempo aparece en tensión con la búsqueda de permanencia. Para los pen-
sadores más antiguos, el cambio era el terreno de la incertidumbre, una apariencia que escondía la
verdad imperecedera. Con el surgimiento de una mirada más sistemática, el tiempo comenzó a en-
tenderse también como medida del movimiento, articulando así un puente entre la experiencia
sensible y la estructura racional del cosmos. Este énfasis en la regularidad y en el orden constituyó
una de las primeras formas de pensar el tiempo como algo objetivo, susceptible de análisis.
Con el desarrollo de la filosofía en épocas posteriores, el concepto adquirió nuevos matices. En el
pensamiento tardío de la Antigüedad, el tiempo fue entendido como una tensión entre eternidad y
creación, como un horizonte en el que la contingencia del mundo se hacía inteligible. Durante la
reflexión medieval, esta tensión se transformó en una exploración más profunda de la interioridad:
el tiempo fue concebido como experiencia del alma, como un flujo que se reconoce solo en la con-
ciencia y cuya medida no proviene del exterior, sino del modo en que el espíritu se relaciona con
su propio movimiento.
La filosofía moderna introdujo un giro decisivo al considerar que el tiempo constituye una estruc-
tura fundamental del conocimiento. Se lo pensó entonces no como un atributo de las cosas, sino
como una forma mediante la cual la mente organiza la experiencia. Así, el tiempo dejó de ser ex-
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clusivamente una dimensión del mundo para convertirse en un elemento trascendental: una con-
dición que permite que los fenómenos puedan ser percibidos y entendidos. Esta perspectiva modi-
ficó de raíz la discusión filosófica, pues situó al sujeto como centro articulador de la temporalidad.
En las corrientes que siguieron, especialmente en la reflexión sobre la vida y la existencia, el tiempo
se reveló como un fenómeno inseparable de la finitud humana. Más que una secuencia homogénea,
se lo concibió como una vivencia heterogénea: la duración, la anticipación, el recuerdo, la angustia
y la decisión dieron lugar a un examen del tiempo desde la perspectiva del ser que lo habita. El
tiempo dejó de ser un telón de fondo neutro para convertirse en el modo mismo en que se abre la
existencia. Con ello, la filosofía adquirió una sensibilidad nueva para comprender la historicidad y
la irreversibilidad que caracteriza al ser humano.
Por otro lado, el avance de las ciencias naturales transformó de manera significativa las aproxima-
ciones filosóficas al tiempo. La física formuló modelos que desafiaron la intuición cotidiana, mos-
trando que la temporalidad podía depender del movimiento, de la densidad o de la estructura
misma del universo. Estas consideraciones, lejos de resolver el problema, ampliaron la discusión:
la filosofía se vio obligada a distinguir entre tiempo físico, tiempo vivido y tiempo conceptual, así
como a preguntarse por las relaciones —o las rupturas— entre estos ámbitos.
En la filosofía contemporánea, el tiempo continúa siendo un campo de debate plural. Algunas co-
rrientes insisten en su carácter lingüístico y discursivo, destacando cómo la narración configura
nuestra comprensión del pasado y del futuro. Otras examinan la temporalidad desde perspectivas
ontológicas, interrogando la naturaleza del cambio, la posibilidad de la simultaneidad y el estatuto
de lo que aún no es. También hay enfoques que dialogan con las ciencias cognitivas para estudiar
cómo emerge la percepción temporal en la mente humana, o que dialogan con la tecnología y la
aceleración cultural para cuestionar los ritmos que definen la vida actual.
El estado actual de la cuestión revela que no existe una única concepción del tiempo que logre
imponerse sobre las demás. En lugar de ello, coexisten perspectivas que se complementan, se ten-
sionan y se enriquecen mutuamente. Esto no debe interpretarse como una falta de claridad, sino
como un reconocimiento de la complejidad constitutiva del tema. El tiempo, en tanto fenómeno
que atraviesa todos los aspectos de la experiencia humana, resiste toda reducción.
Mirar hacia atrás en la historia de la filosofía permite advertir que cada época ha proyectado en el
tiempo sus propias inquietudes: la búsqueda de orden, la salvación, la certeza, la libertad, la iden-
tidad o la comprensión científica. Hoy, en un mundo marcado por la velocidad, la incertidumbre y
la transformación constante, el tiempo vuelve a presentarse como un enigma que interpela tanto a
la reflexión teórica como a la vida cotidiana.
En este sentido, la revista Protrepsis ha convocado a que se escriba sobre esta compleja y viva rela-
ción entre tiempo y filosofía. Así, Andrés Budeguer visita de nuevo la Física de Aristóteles para
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desentrañar la forma en que ahí se concibe y determina el tiempo y su relación, que no identidad,
con el movimiento; por otro lado, Eduardo Yalán Dongo expone la mirada que en su tiempo hiciera
Henri Bergson sobre Plotino, a quien considera uno de los más acabados exponentes de la metafí-
sica occidental y puntal de su propia concepción del tiempo como un flujo viviente y continuo;
después, Fabian Gilabert rastrea en las obras anteriores a El Ser y el Tiempo la conformación de la
noción de temporalidad en Heidegger.
Esta diversidad de aproximaciones no solo enriquece el estudio de la temporalidad, sino que tam-
bién invita a reconocer que la pregunta por el tiempo sigue abierta. Quizá esa apertura, más que
una debilidad, sea precisamente lo que hace del tiempo uno de los conceptos filosóficos más fértiles.
En su indeterminación se revela no solo la complejidad del mundo, sino también la inexhaustible
capacidad humana para pensarlo. La filosofía, al volver una y otra vez sobre este tema, no hace sino
afirmar que el tiempo —como experiencia, como estructura y como misterio— continúa siendo un
lugar privilegiado para comprendernos a nosotros mismos.
Completando este número, en la sección Ágora, Jorge Arturo González Ruiz hace una reflexión y
llamada de atención sobre las consecuencias del marqueting político; Hugo Martínez García ex-
pone a la subjetividad como una forma de identidad cerrada y el papel que juega en la promoción
de la violencia social; Jesús Manuel Gamboa Valles expone en su artículo lo que él considera son
los principales aciertos e imprecisiones de la hermenéutica analógica de Mauricio Beuchot; des-
pués, Enrique Tonathiu Garrido de Anda presenta un interesante análisis de la categoría de lo no-
idéntico en la dialéctica negativa de Theodor W. Adorno. Finalmente, los escritos de Lucía de
Lourdes Agraz Rubin y Sergio Espinosa Proa ensayan sobre el tiempo, la primera desde una lectura
del 18 Brumario de Luis Bonaparte de Marx y el segundo apoyado en las revisiones que hicieran
Bodei y Carsei de diferentes concepciones filosóficas clásicas del tiempo.
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