
Protrepsis, Año 15, Número 29 (noviembre 2025 - abril 2026). www.protrepsis.cucsh.udg.mx
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La dialéctica negativa no supone, en ningún sentido, un rechazo absoluto de la filosofía de Hegel.
Por el contrario, Adorno valora decisivamente la revolución que Hegel operó contra el formalismo
kantiano. Como explica Jay M. Bernstein, Adorno sitúa en el centro de la dialéctica hegeliana su
eficacia como crítica inmanente del formalismo kantiano (Bernstein, 2004: 40). Frente a la rígida
separación kantiana entre forma y contenido, espíritu y naturaleza, o fenómeno y cosa en sí, Hegel
comprendió que cada una de estas determinaciones exige por sí misma aquel mismo momento que
en Kant se le oponía como término antagónico (Adorno, 1970: 24). Esta premisa, fundamental para
la dialéctica negativa, se articula en el concepto clave de mediación, que en Hegel no quiere jamás
decir algo intermedio entre unos extremos, sino un proceso que acontece a través de los extremos
y en ellos mismos (Adorno, 1970: 24). Es decir, la mediación no es un puente estático ni un punto
de equilibrio, sino la relación dinámica y constitutiva mediante la cual los términos de una
oposición se definen recíprocamente: el sujeto y el objeto, el individuo y la sociedad, o la teoría y
la praxis son ejemplos de esta mediación a los que Adorno recurre constantemente.
Precisamente de esta comprensión dialéctica y mediada de la realidad es de donde surge la noción
de no-identidad. La propuesta de Adorno se arraiga en la convicción de que los objetos, marcados
por sus fracturas, transformaciones e historicidad, escapan a cualquier intento de fijación
conceptual absoluta. No obstante, cabe subrayar que la dimensión histórica y temporal del objeto,
tal como la concibe Adorno, no conduce hacia la identidad postulada por Hegel. En lugar de un
progreso lineal y teleológico, Adorno describe la historia como un proceso discontinuo, lleno de
fracturas y rupturas, que no avanza hacia un fin determinado ni culmina en la superación total de
sus contradicciones. La historia, en lugar de dirigirse hacia un fin, se desarrolla de manera
discontinua y fragmentaria, con un carácter contingente que se resiste a la coherencia que el
idealismo busca imponerle. Por ende, la historicidad de los objetos no implica que éstos se
desarrollen según una teleología; por el contrario, significa que nunca alcanzan un estado de reposo
en sí mismos, que su existencia está marcada por una incesante transformación (Adorno, 2013: 49).
En resumen, Adorno sostiene que el objeto no es algo dado al entendimiento humano para ser
moldeado. Su forma ya está constituida, pero no de manera fija ni ahistórica, sino como el
sedimento resultante de la actividad humana a lo largo del tiempo (Adorno, 2013: 157). Esta última
afirmación, sin embargo, no debe leerse en términos idealistas, como si el objeto de conocimiento
estuviese constituido por el sujeto trascendental, sino en un sentido dialéctico-materialista. El
filósofo de Frankfurt no equipara la actividad humana con el acto puramente cognitivo de un sujeto
abstracto; sino que se refiere a la transformación real de los objetos. Los objetos están esencialmente
mediados por el trabajo humano (Adorno, 2013: 157), configurados por la acción de las manos y
mentes que interactúan con ellos en el contexto de sus necesidades concretas.
En consecuencia, para Adorno, en tanto pensador dialéctico-materialista, los objetos están
directamente determinados por el modo de producción dominante de una época y sus respectivas
relaciones sociales. En las sociedades modernas organizadas bajo el capitalismo, esta mediación